General Della Rovere

Relato de Indro Montanelli sobre el personaje de un «general» que se negaba a colaborar con el ejército alemán

A continuación os comparto el relato íntegro que hace Indro Montanelli del General Della Rovere, un personaje muy particular sobre el que Roberto Rossellini  realizó una película en 1959 titulada «El General de la Rovere».

Comienza mi historia un día de marzo de 1944 en que su excelencia, el general Della Rovere, íntimo amigo del mariscal Badoglio y consejero técnico del general británico Alexander, fue llevado a la prisión de San Vittore y colocado en una celda próxima a la mía. El movimiento subterráneo italiano se dedicaba por entonces a desorganizar la corriente de reservas alemanas que marchaban al frente del sur. Según supe, el general había sido capturado por los nazis en una provincia del norte al momento en que lo ponía en tierra un submarino aliado, para asumir allí la función de comandante de las operaciones de guerrilla. Me causó impresión el porte aristocrático del hombre. Hasta Franz, el brutal inspector germano de la prisión, se cuadró en actitud militar de atención ante él.

De todas las  «fábricas de confesiones» que tenían los alemanes en Italia, la peor era la de San Vittore. Allí se llevaba a los prisioneros del movimiento secreto italiano que habían resistido el primer interrogatorio «de rutina». Allí el comisario Mueller, de la Gestapo, y un puñado de especialistas de la SS (valiéndose de métodos celebrados en los anales de la tortura refinada) arrancaban generalmente la información deseada hasta a los más obstinados.

Seis meses habían corrido desde el día que me arrestaron. Había sido «interrogado» varias veces y me hallaba ya exhausto y desalentado, siempre pensando hasta cuando podría resistir. En tal situación estaba cuando un día, uno de los guardias italianos, Ceraso, descorrió el cerrojo de la celda y me dió una sorpresa anunciándome que el general Della Rovere deseaba verme.
La puerta de la celda del general estaba, como de costumbre, sin traba alguna. Además, el distinguido prisionero disponía de un catre, en tanto que nosotros dormíamos en tablas desnudas. Inmaculadamente vestido y con su monóculo en el ojo derecho, el general me saludó cortésmente:

-¿El capitán Montanelli? Ya sabia antes de desembarcar que lo encontraría a usted aquí. El gobierno de su majestad se interesa profundamente por la suerte de usted. Confiemos en que, aun al caer delante del pelotón alemán de fusilamiento, usted sabrá cumplir con su deber, el más elemental de sus deberes como oficial. Pero, por favor, no se incomode usted.

Solo entonces me di cuenta de que había permanecido ante él en posición de firmes.

-Nosotros, los oficiales, vivimos vidas provisionales ¿no es así?- me dijo el general -. Un oficial es, como dicen los españoles, un novio de la muerte.

Se detuvo aquí mientras lo veía pulir el monóculo con un pañuelo blanco, pensé que en ocasiones los apellidos reflejan la personalidad de quien los lleva. Della Rovere significa »del roble». Y este hombre, claramente, era de madera muy sólida.

-A mí ya me han sentenciado- continuó el general -. ¿A usted también?

-Todavía no, excelencia- contesté casi como si quisiera excusarme.

-Ya lo condenarán- dijo-. Los alemanes son rígidos cuando esperan arrancar una confesión, pero también son caballeros en su estimación por los que se niega a confesar. Usted no ha hablado. ¡Muy bien hecho! Eso significa que se le hará el honor de fusilarlo de frente y no de espaldas. Le pido que persista en el silencio. Si se le somete a la tortura, no pongo en duda su fortaleza moral, pero la resistencia física tiene sus límites, le insinúo que les de un nombre: el mío. Sea cualquiera el acto que haya usted ejecutado, dígales que procedía en cumplimiento de ordenes mías… A propósito ¿Cuáles son los cargos que tiene?

Se lo conté todo, sin reserva ninguna. Su excelencia me oía como me oiría un confesor. De vez en cuando movía la cabeza en señal de aprobación.

-Su caso es tan claro como el mío- dijo en cuanto hube terminado-. A ambos se nos sorprendió mientras cumplíamos órdenes superiores. El único deber que me resta por cumplir es morir luchando en el campo del honor. No ha de ser difícil, creo yo, morir decorosamente.

Cuando Ceraso me encerraba otra vez en mi celda le rogué que me mandara un barbero al día siguiente. Y aquella noche doblé con cuidado mis pantalones y los realcé al pliegue longitudinal con el listón de la ventana antes de tenderme a dormir sobre mi camastro.Durante los días siguientes ví que muchos prisioneros visitaban la celda del general. Al salir, todos parecían como erguidos; ninguno se mostraba ya abatido.

El ruido y el desorden en nuestro aislado sector habían disminuido. El numero 215 dejo de dar los desgarradores gritos con los que se lamentaba por la suerte de su mujer y sus hijos, y mostró gran compostura cuando lo llamaron al interrogatorio. Ceraso me contó que después de hablar con el general casi todos solicitaban un barbero y pedían peine y jabón. Los guardas de la prisión dieron en afeitarse a diario y aun trataban de hablar en italiano castizo en vez del dialecto napolitano o siciliano. Hasta el mismo Mueller, cuando pasaba revista a la sección encomiada, refunfuñaba a la mejora general en cuanto a disciplina y decoro.
Lo mejor de todo era que la “fábrica de confesiones” ya no las producía. Los prisioneros persistían en su obstinado silencio. Della Rovere les daba a todos fuerzas para resistir, como si las sacara de la gran provisión de su valor. Y su experiencia de prisionero le permitía darles, además, valiosos consejos.

-Las horas mas peligrosas suelen ser las primeras de la tarde- les prevenía -. El sólo anhelo de distracción puede hacerles confesar.

O bien les decía:

-No se queden ustedes con la vista fija en las paredes. Cierren los ojos de cuando en cuando y las paredes perderán el poder de ahogarlos.

Censuraba a quienes descuidaban el arreglo de la persona. -La limpieza, les decía, influye sobre la moral. Sabía que las formulas militares que usaban con él,les afirmaban el orgullo. Por último, nunca dejó de recordarles sus deberes hacia Italia.

Alguno inquirió prudentemente cual había sido la actitud del general durante el interrogatorio. El general se echó a reír y le contestó:

-Me interrogó mi viejo amigo, el mariscal de campo Kesselring.

Mi tarea era cosa sencilla porque Kesselring sabía de antemano todo lo que había que saber, con excepción, eso si, de que me hallaba yo en un submarino británico cuando me cogieron.

-¿Y realmente usted se fiaba de los ingleses?- dicen que le había preguntado Kesselring.

-¿Por que no?- le había contestado-. ¡Si nosotros nos hemos fiado antes de los alemanes!

En general parecía gozar mucho recordando la escaramuza.

Después de poco tiempo comenzó a correr por la prisión el rumor de que el tal general era un contraespía, un delator al servicio de los alemanes. Los guardas de la prisión, aunque salidos de la escoria del régimen de Mussolini, sintieron que ya eso traspasaba los limites de la humillación. Acordaron entre sí vigilar al general constantemente; si resultaba ser el felón que se decía, estaban resueltos a estrangularlo.

En la mañana siguiente Della Rovere recibió al numero 203, un comandante a quien se tenía por sabedor de infinidad de datos, pero que no había soltado palabra ninguna. Ceraso se quedó junto a la puerta de la celda y los otros guardas italianos vigilaban de cerca.
-Van a someterlo a extremas torturas- oyeron que le decía el general al comandante -. No confiese nada. Trate de no pensar; hágase fuerza para convencerse de que no sabe nada. El simple hecho de pensar en un secreto que usted guarda lo expone a que le salga de los labios.

El comandante escuchaba, pálido del rostro, lo que el general le aconsejaba, como me había aconsejado a mi.

-Si se ve obligado a hablar, dígales que cuanto hizo lo realizó en cumplimiento de órdenes mías.

Aquella misma tarde, y como para darle satisfacciones, Ceraso le llevó a su excelencia unas pocas rosas, regalo de los guardas italianos de la prisión. El general acepto cortésmente las flores; no pareció tener la menor idea de que se había desconfiado de él.
Una mañana se presentaron en la prisión los alemanes a llevarse a los coroneles P. y F. Antes de ser conducidos al patio, se les permitió satisfacer su último deseo: decirle adiós al general. Los ví cuadrados a la puerta de la celda. Aunque no oí lo que el general les decía, ví que ambos oficiales sonrieron. El general les estrechó la mano, cosa que nunca le había visto hacer. Entonces, como si de repente se hubiera dado cuenta de la presencia de los alemanes, se cuadró, levantó la mano y saludó. Los prisioneros le devolvieron el saludo, y girando sobre los talones marcharon a recibir la muerte. Supimos después que ambos, ya ante el pelotón de fusilamiento, gritaron »¡Viva el rey!»

Aquella tarde fuí sometido a un nuevo exámen. El comisario Mueller me dijo que mi suerte dependía del resultado de este interrogatorio. Que si persistía en mi silencio… Me quedé mirándolo con ojos desmesuradamente abiertos, y, sin embargo, no podía oír nada, ni siquiera podía verle distintamente. En vez de su imagen se me representaban los rostros pálidos y tranquilos de los coroneles P. y F., y la cara sonriente del general. Oía una voz tranquila que me susurraba al oído: novio de la muerte… deber elemental de un oficial morir luchando en el campo del honor. En vano me sometieron los alemanes a un interrogatorio de dos horas. No se me hizo sufrir tortura alguna, pero si así hubiera sucedido habría sido capaz, creo, de mantenerlo oculto todo. De regreso a mi celda le pedí a Ceraso que me dejara detenerme en la celda del general.

Este hizo a un lado el libro que hallaba leyendo y fijó en mí su mirada investigadora, en tanto que yo permanecía militarmente cuadrado. Entonces, antes que yo hablara, se expreso así:

-Si; así esperaba que procedería usted. No podría haber obrado de otra manera.- Se levanto de su asiento y continuó. -No tengo palabras para expresar todo lo que quisiera decir, capitán Montanelli, pero puesto que no hay nadie más que tome nota de nuestro comportamiento, que sea este honrado guarda italiano testigo de lo que decimos en nuestros últimos días. Que escucha cada una de nuestras últimas palabras. Estoy bien satisfecho, capitán. Estoy verdaderamente contento. ¡Bravo!

Aquella noche me sentí realmente sólo en el mundo. Pero mi amada patria me parecía más cerca, más cara a mi corazón y más real que nunca. No volví a ver más al general. Solamente después de la liberación tuve noticias de su fín. Uno de los supervivientes de Fossoli me relató la historia.

Fossoli era un notorio campo de exterminio en donde los medios de dar la muerte eran complejos y muy diversos. Cuando se trasladó allí al general Della Rovere con centenares de prisioneros de un tren blindado, mantuvo él siempre su dignidad. Iba sentado sobre un montón de morrales que los demás habían juntado para que pudiera descansar. Se negó a levantarse cuando un funcionario de la Gestapo inspeccionaba el tren. Aun cuando el nazi le dio una bofetada y le gritó: »Yo te conozco, grandísimo cerdo, Bertoni», permaneció inmutable. ¿Para qué explicarle a este ignorante alemán que su nombre no era Bertoni, sino Della Rovere, que era general de un cuerpo de ejército, intimo amigo de Badoglio y consejero técnico de Alexander? Sin alterarse recogió su monóculo y se lo puso de nuevo. El alemán se marchó maldiciendo.

Una vez en Fossoli, el general no volvió a disfrutar de los privilegios que se le concedían en San Vittore. Lo alojaron en un cuartel común con todos y le pusieron a trabajar como a los demás. Sus compañeros de prisión trataban de ahorrarle el desempeño de los oficios mas bajos y se turnaban para reemplazarlo; pero él nunca trataba de evadirse de cumplir su tarea, por difícil que fuera para un hombre que ya no era joven. Por las noches les recordaba a sus camaradas que ya no eran delincuentes, sino oficiales militares. Y ellos, mirando el relumbrante monóculo y oyendo la voz del general, sentían el ánimo más levantado.

La carnicería que se hizo en Fossoli el 22 de junio de 1944 pudo haber sido una represalia por las victorias aliadas cerca de Génova. Sea como fuera, por órdenes recibidas de Milán se sacaron 65 hombres de un total de 400 prisioneros. A medida que un tal teniente Tito leía la lista, el condenado, al oír su nombre, daba un paso al frente de la formación. Cuando llamó »Bertoni» nadie se movió. ‘‘¡Bertoni!», rugió el teniente mirando fijamente a Della Rovere. Su excelencia no se dió por notificado. ¿Quería Tito mostrar indulgencia hacia el sentenciado? Nadie podría afirmarlo. En todo caso, sonrió de pronto. »Muy bien, muy bien», dijo, »Della Rovere, así me gusta».

Todos se quedaron conteniendo el aliento mirando al general, quien sacando el monóculo del bolsillo y limpiándolo con notable fuerza en la mano, se lo aplicó al ojo derecho, y con toda calma le contestó al oficial: »General Della Rovere, si hace el favor», y se unió al grupo.

Se les acerrojó con esposas a los 65 destinados al suplicio, y en seguida se les condujo hasta el pie de la muralla. A todos se les vendaron los ojos, menos al general, que porfiadamente rechazó la venda y obtuvo que se accediera a su deseo. Mientras se colocaban cuatro ametralladoras en la posición correspondiente, su excelencia dió unos pasos adelante de la fila, y con ademán altivo y resuelto y en voz firme y sonora, habló así: »Señores oficiales: en los momentos en que arrastramos el último suplicio, vayan nuestros pensamientos de fidelidad a la amada patria. ¡Viva el rey!».

Tito ordenó ‘‘¡Fuego!»; y las ametralladoras dejaron cumplida la orden. El cuerpo del general fue sacado en su féretro, siempre portando su monóculo.

La verdadera historia del general Della Rovere, que viene a conocerse después de su muerte, es una serie de episodios, casi increíbles, de heroísmo y sustitución de personas. Porque es lo cierto que el ídolo de San Vittore no era tal general. Ni Badoglio ni Alexander oyeron hablar de él jamás. Y no se llamaba Della Rovere.

Era un tal Bertoni, natural de Génova, ladrón y estafador, huésped presente de la cárcel. Los alemanes lo habían arrestado por un delito de menor importancia, pero durante el interrogatorio de rigor habían llegado a descubrir que el hombre tenía soberbias dotes naturales de actor. Por su falta de escrúpulos y sus dispocisiones de comediante lo creyeron ideal como agente para embaucar a guerrilleros presos y obtener de ellos informes útiles.

Bertoni se mostró listo para celebrar el trato. Procedería como se le pedía a cambio de un tratamiento de preferencia en la prisión y de que se le pusiera pronto en libertad. Los alemanes inventaron la historia de Della Rovere y le enseñaron bien el papel que debía representar.

Una vez enviado Bertoni a San Vittore pidió, y se le concedió, un corto plazo con el fin de ganarse la confianza de los hombres a quienes iba a hacer víctimas. Pero Bertoni era más astuto de lo que los nazis creían; iba resuelto a no engañar si no a los mismo alemanes.

Y ocurrió entonces la sorprendente transformación. Bertoni, desempeñando el papel de Della Rovere, se convirtió en Della Rovere de verdad. Emprendió una tarea sobrehumana: hacer de San Vittore una prisión a prueba de confesiones y de inspirar a los allí reunidos fortaleza para hacer frente a su destino. Y por su presencia imponente, su impecable pulcritud, por los altos quilates de su valor y su fe, trajo un nuevo sentimiento de dignidad y de propia estimación de esos pobres seres allí encarcelados.

Pero al fin comprendió que el plazo convenido llegaba a su fin. El comisario Mueller iba mostrándose más y más impaciente con tanta demora. ¿Por que no aparecían las confesiones? Cuando “Della Rovere” me habló aquel ultimo día en su celda y le pidió al guardia que fuera testigo de sus palabras, sabía que todo había terminado, que ésta era la única manera de que el mundo del que los separaba esos muros pudiera conocer algún día su historia; el único medio de que Italia supiera que había sido fiel a su patria.

El 22 de junio de 1945, primer aniversario de la carnicería de Fossoli, de pie en la catedral de Milán observaba yo al cardenal (príncipe arzobispo de esa archidiócesis) consagrar los ataúdes de los héroes sacrificados en esa prisión. El cardenal sabía de quién era el cuerpo que yacía en el féretro marcado Della Rovere. Sabía también que nadie tenia mejor derecho al titulo de general que el ocupante de esa caja, el antiguo ladrón y huésped de cárceles.

Campo de prisioneros de Fossoli

Fuente de la fotografía: allesabbianews.it

Fuentes del texto: mundohistoria

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