Las brujas de la noche

Sus aviones parecían de juguete y hubieron de sufrir el machismo de sus compañeros, pero las pilotos rusas que formaban el regimiento de las bombarderas nocturnas, conocidas como “Las Brujas de la noche”, se convirtieron en una auténtica pesadilla para la Luftwaffe.

Artículo escrito por Laura Manzanera

“Cuando veo un aeroplano con las cruces negras y la esvástica en la cola, tengo un solo sentimiento: odio; esa emoción hace que apriete aún más firmemente el disparador de mis ametralladoras”. Son palabras de Lilya Litvyak, probablemente la más brillante de las pilotos soviéticas que surcaron los cielos persiguiendo nazis. Con 12 derribos en solitario y ascendida a comandante con solo 21 años, desapareció a los mandos de su avión en agosto de 1943, durante una misión en la batalla de Kursk. Varios cazas germanos atacaron su aparato y fue dada por desaparecida. Al finalizar la guerra, la mecánica Inna Pasportnikova se propuso encontrarla e inició una búsqueda que duraría 36 años. Finalmente, en 1979 se identificaron sus restos en Donetsk. El presidente Mijail Gorbachov la condecoró con la Estrella de Oro de Heroína de la Unión Soviética en 1990. Lilya fue una de las “Brujas de la noche”, sobrenombre de las componentes del regimiento de bombarderos nocturnos, exclusivamente formado por mujeres, que llegaron a ser el azote de los alemanes.

Pilotos del 586º Regimiento de Aviación de Cazas Lidia Litvyak, Ekaterina Budanova y Maria Kuznetsova cerca del caza Yak-1

La URSS movilizó a su población femenina para luchar en primera fila contra los nazis como no se había hecho antes ni se haría después. Cerca de un millón engrosaron las filas del Ejército Rojo en todos los puestos: zapadoras, francotiradoras, tanquistas, servidoras de ametralladora… también como aviadoras. Si bien los principales contendientes en la Segunda Guerra Mundial emplearon pilotos femeninos, solo la URSS las incluyó en unidades de combate. Fueron las únicas que se enfrentaron, cara a cara, a los temidos ases de la Luftwaffe. Precisamente, su participación se debió a la iniciativa y empeño de una mujer.

“Podemos hacerlo todo”

Septiembre de 1941. El acoso y derribo de Hitler sobre la Unión Soviética amenazaba la existencia del Estado socialista. Ante esa dramática situación, Marina Raskova, oficial del Ejército Rojo; agente del NKVD, la precursora del KGB, y una experimentada y reconocida instructora de vuelo, decidió tomar cartas en el asunto. Se reunió con su amigo Stalin para plantearle una idea insólita: crear la primera unidad de la historia de aviadoras de combate; exclusivamente féminas. El marxismo no establecía diferencias entre hombres y mujeres, así que no existía impedimento alguno para llevar a cabo el proyecto. Es más; en los años treinta habían proliferado en la URSS los aeroclubs donde se impartían clases de pilotaje para civiles, y bastantes universitarias se habían apuntado. Al estallar la guerra, muchas de ellas estaban deseosas de ayudar a su país.

Marina Raskova

Fiel a su lema de que las mujeres “podemos hacerlo todo”, Marina usó su prestigio y contactos en Moscú para lograr que la fuerza aérea del Ejército Rojo terminase contando con tres regimientos femeninos: uno de aviadoras de caza (586º), otro de bombardeo de largo alcance (587º) y un tercero de bombardeos nocturnos (588º). Las componentes de este último pasaron a ser conocidas como Nachthexen, “Brujas de la noche”, apodo que según algunos les pusieron los alemanes y, según otros, ellas mismas.

Su búsqueda de voluntarias resultó todo un éxito y cientos de estudiantes, campesinas y obreras de todos los rincones del país acudieron a la llamada. Alrededor de 400 mujeres, entre pilotos y personal de tierra, compusieron los tres regimientos. A todas aquellas jóvenes (la media de edad era de 22 años) las movía una causa común: las ganas de acabar con los nazis.

“La Rosa Blanca de Stalingrado”

Lilya Litvyak fue la primera mujer en derribar un avión enemigo, el de Erwin Maier. Capturado en tierra, el alemán pidió conocer al piloto que le había derribado y cuando vio a aquella veinteañera menuda y rubia pensó que se trataba de una broma. Su increíble aventura la recoge la investigadora Lyuba Vinogradova en el libro Las brujas de la noche (Pasado & Presente). Como aclara la autora, Litvyak era de armas tomar y “fue sancionada numerosas veces por desobediencia y comportamiento indecoroso”. Su bautismo de fuego tuvo lugar el 27 de septiembre de 1942, al taparse su escuadrilla con diez bombarderos alemanes que se dirigían a Stalingrado. Cuando su compañero, el comandante Khovostiko, fue abatido al inicio del ataque, enfurecida, disparó contra un avión enemigo a solo treinta metros de distancia, y logró hacerlo caer. Así nació la leyenda de “la Rosa Blanca de Stalingrado”, sobrenombre que aludía al lirio blanco que pintó en el fuselaje de su aparato que en la distancia se confundía con una rosa. Vinogradova quiso explicar su historia, pero pronto se dio cuenta de que ésta debía ir de la mano de la de sus compañeras, pues el mérito de las “Brujas” se debió a un excelente trabajo en equipo.

Lilya Litvyak

De la discriminación a la admiración

Ya antes de alzar el primer vuelo, las aviadoras no lo tenían nada fácil. Para empezar, carecían de la vestimenta adecuada, así que hubieron de conformarse con usar ropa de hombre, ¡incluidos los calzoncillos! Con el tiempo se las ingeniaron para confeccionar su propia lencería y sus trajes, a menudo con la seda de los paracaídas de los pilotos alemanes a los que abatían. No resulta difícil imaginar la humillación que sentían éstos: que los venciese una mujer ya resultaba duro, pero que encima se hicieran bragas con sus equipos era el summun.

Al margen de la apariencia y del lógico desprecio de sus enemigos, las pilotos soviéticas hubieron también de sufrir la indiferencia y las burlas de sus camaradas masculinos, que con frecuencia actuaban envalentonados por los efectos del vodka. La discriminación estaba a la orden del día. Los hombres se apropiaban de los cazas de ellas, solían ningunearlas e incluso las llamaban, despectivamente, “muñecas”.

Un buen ejemplo del machismo imperante es el que sufrió Raisa Belyaeva, que a pesar de haber participado en espectáculos aéreos antes de la contienda, hubo de oír de boca del comandante de su regimiento de cazas: “No quiero enviarte de misión, eres demasiado bonita’”. Hasta las que acumulaban más experiencia de vuelo que sus camaradas varones hubieron de esforzarse más que ellos para demostrar su coraje y sus habilidades. Pese a todo, a base de constancia y méritos lograron ganarse el respeto de sus compañeros. Así lo recordaba la capitana Klaudia Térejova: ”¡Las chicas volábamos y derribábamos a los ases de la aviación! Los hombres nos observaban perplejos. Nos admiraban”. La mejor prueba de su éxito fue que sus camaradas hombres pasaran del escepticismo a la aceptación y el abierto reconocimiento. Hay que aclarar, además, que pese a sufrir estos agravios, como confirma Vinogradova. “comparadas con la mayoría de las mujeres en el Ejército soviético, que constantemente sufrían acoso sexual y a veces violencia sexual, las aviadoras eran un grupo privilegiado. El acoso abierto no se toleraba”.

Masha Dolina

Eso sí; puesto que los alemanes no tenían féminas entre sus combatientes, y aún menos pilotos, las soviéticas despertaban en ellos una alta dosis de curiosidad. Curiosidad que, sin embargo, no evitaba que tratasen a las prisioneras capturadas con gran dureza, empezando por desnudarlas por completo para confirmar su verdadero sexo.

Misiones suicidas

La principal misión del regimiento de Bombarderos Nocturnos 588º era volar de noche sobre las líneas enemigas para hostigar a los alemanes y no darles un minuto de tregua. Una tarea harto difícil, más aún con los aviones con que contaban, ni de lejos los más adecuados. Pilotaban el biplano Polikarpov (Po-2), conocido en ruso como U-2, auténtica antigualla empleada hasta entonces para prácticas de vuelo y la fumigación de campos. A los alemanes, aquellos pequeños aparatos de contrachapado que denominaban “máquinas de coser” por su característico sonido debían parecerles de juguete. Construidos con madera y lona, eran fácilmente incendiables; aparte de obsoletos y lentos; su velocidad máxima era aproximadamente la mitad que la de los cazas alemanes. Como única orientación, contaban con una brújula y el resplandor de las bengalas para iluminar los objetivos. Aquellas «escobas voladoras» sin ni siquiera radio y con cabina descubierta, tenían capacidad para dos tripulantes (piloto y navegante) y sólo podían transportar un par de bombas, que simplemente ataban bajo las alas; así que las chicas realizaban una media de entre diez y quince misiones por noche. Y para no añadir más peso y poder transportar más bombas de las reglamentarias, hasta 1944 no llevaban ni paracaídas. Tampoco tenía sistemas de puntería, así que las bombas se arrojaban accionando una palanca o directamente a mano.

A pesar de sus muchos inconvenientes, la buena maniobrabilidad y la facilidad de pilotaje de aquellos “pedazos de madera –como los llamaban los alemanes– fue muy apreciada por las chicas, que los apodaron “golondrinas”. Nadie hubiera apostado por aquellos aviones; aparentemente no tenían nada que hacer frente a los veloces cazas germanos, sin embargo, su maniobrabilidad permitía a las pilotos practicar rápidos virajes que dificultaban que fuesen abatidas. Además, su lentitud les permitía volar muy bajo –no sobrepasan los 300 metros de altitud–, por ejemplo entre bosques, donde los cazas alemanes no podían acceder.

El comandante del regimiento E. D. Bershanskaya da instrucciones a la tripulación de Evdokia Nosal y Nina Ulyanenko, una fotografía de 1942

La táctica de las soviéticas era temeraria hasta rozar lo suicida. Despegaban en intervalos de tres minutos, y cuando se encontraban cerca del objetivo escogidos, desconectaban los ruidosos motores para evitar ser detectadas y planeaban, en silencio total, hasta alcanzarlo. Procedían entonces a soltar la carga mortífera, para de inmediato volver a arrancar los aparatos y alejarse lo antes posible. Esos ataques silenciosos, además de resultar efectivos, afectaban psicológicamente a los alemanes, que no podían descansar ni bajar la guardia. Con el tiempo se introdujeron los vuelos por parejas: mientras uno de los Po-2 se aproximaba al destino atrayendo la atención de los reflectores y el fuego enemigo, el segundo se colocaba, por sorpresa, sobre el blanco. Ante tal nivel de estrés, no es de extrañar que a algunas de las “Brujas” se les retirara la menstruación, como apunta el testimonio de Aleksandra Popova recogido en La guerra no tiene rostro de mujer (Debate), de Svetlana Alexiévich.

Cifras de récord

El 27% de las “Brujas de la noche” (31 pilotos) perdieron la vida durante la guerra, pero ninguna cayó presa. Preferían quedarse en el avión ardiendo que entregarse al enemigo. Entre todas, acumularon unas 25.000 misiones y lanzaron alrededor de 23.000 toneladas de bombas. Algunas de ellas sumaron más de mil salidas. Es el caso por ejemplo, de la teniente Irina Sebrova que intervino en 1.008 y sobrevivió las dos veces que fue derribada. Mascha Dolina participó en 74 y lanzó 45.000 kilos, mientras Nadya Popova y su tripulante Katya Ryabova realizaron 18 misiones en una sola noche. Ellas y el resto de compañeras probaron con creces su valor, sacrificio y profesionalidad, pero pagaron un alto coste por su compromiso y valentía. Las bajas totales en la guerra ascendieron a una de cada cuatro muchachas.

La incorporación de mujeres en las Fuerzas Armadas Soviéticas supuso una excepción en la Segunda Guerra Mundial, y no tuvo apenas continuidad. Aun así, su servicio en el Ejército Rojo probó que ellas podían combatir al mismo nivel –en algunos casos incluso superior– que los hombres.

Hubo más Héroes de la Unión Soviética en ese regimiento que en otros regimientos de bombarderos. La jefa de las aviadoras recibió una carta del comandante del cuarto Ejército Aéreo en la que felicitaba a las aviadoras, navegadoras y mecánicas y le informaba de que estaba tramitando el papeleo para que les fuera concedido el título de Regimiento de Guardias, un reconocimiento del máximo prestigio. También le comunicaba que estaba a punto de resolver el problema de la ropa interior que padecían las aviadoras, que hasta entonces habían tenido que utilizar toscos calzoncillos de hombres.

 

Sobre la autora: Laura Manzanera, Periodista y escritora de largo recorrido. Especializada en la divulgación cultural, de temas históricos y de historia de las mujeres, ha colaborado en numerosas publicaciones, entre ellas National Geographic Historia y Muy Historia. Ha sido redactora jefa de las revistas Clío y Rutas del Mundo. Ha publicado cinco libros: “Al pie de la sepultura”, “Grandes fugas. Artistas de la evasión”, “Olympe de Gouges. La cronista maldita de la Revolución Francesa”, “Mujeres espías. Intrigas y sabotaje tras las líneas enemigas” y “Del corsé al tanga. 100 años de moda en España”.

Fuente de las fotografías: drive2.ru, defensemedianetwork.com, seizethesky.com, woman.forumdaily.com

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